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MI NOMBRE ES RUDDY ORELLANA, SOY BOLIVIANO, PERIODISTA
Y VIVO EN EE.UU. LES ENVIO UN ARTICULO REFERIDO AL NACIMIENDO DEL MAESTRO,
ESPERO QUE PUEDAN PUBLICARLO. UN ABRAZO.
A 69 años de su nacimiento
Un homenaje eterno para Alfredo Domínguez, ¡urgente!
Por Ruddy Orellana V.
El nacimiento de Alfredo Domínguez se produjo el 9 de julio de 1938, en
Tupiza, capital de la provincia Sud Chichas del departamento de Potosí,
fueron sus padres don Cesáreo Domínguez y doña Eleuteria, ambos oriundos de
Tupiza, como dice la canción, un pueblo encantado, encantado por la
naturaleza y la hospitalidad de la belleza.
Me imagino que su llegada fue como esa estrella vigorosa que tiene que
irradiar su luz natural para asomarse lentamente al inicio de su nueva vida.
Alfredo siempre iluminó con su sencillez y su hidalguía, nos envolvió con
ese aura que poseen los maestros para formar "figuritas" con las palabras
extraídas de las vivencias más cotidianas del más común de los mortales.
Tupiza también fue cómplice de la niñez descalza y de las caras sucias. El
silbo del "wichito", un ave con canto canoro fue el que transmitió las
melodías que en los amaneceres ya se asomaban con profunda confianza hasta
la guitarra de Alfredo Domínguez, después, ese mismo ave fue el que,
metafóricamente respondió por las ausencias de Alfredo, en medio de tristes
atardeceres y de profundas añoranzas, como obligado a inventar una coartada
para justificar los caminos andados por el maestro de la guitarra.
Cuenta su historia que el primer instrumento que interpretó fue construido
por su señor padre, el reconocido artesano tupiceño Cesáreo Domínguez, desde
entonces, Alfredo, nunca más se desprendería de tan leal acompañante que
parecía estar hecho a medida y con todas las notas para triunfar. Su caja de
resonancia era la voz que servía de eco para escucharse así mismo, para
contarse sus secretos y así ambos ser cómplices de los caminos andados en
las zafras en pos de mejores días, de los valles tan frescos para
respirarlos, o de sus aventuras pasadas con cholitas engañadas.
HUALAYCHEANDO CON LOS DESTINOS.-
Es irónico, las contraposiciones en la vida de Alfredo parecían haber
acordado una trama tan distinta a la habitual en niños comunes y corrientes,
pero Domínguez no era un tipo común ni corriente. Arrastrado por esas
paradojas que tiene la vida, decide tomar el rumbo nómada, se envuelve entre
las carpas de un circo y se bate en retirada para girar en la rueda del
espectáculo. En principio como vigilante pertinaz y cuidadoso del único
animal que existía en la familia circense, un mono, a cambio reclamaría un
plato de comida que era una retribución, sino justa pero por lo menos
oportuna para llenar el estómago que aveces rechinaba de frío.
El circo se llamaba "El panamericano" era pobre pero honrado. Esa travesía
casi mágica para Alfredo duró un año y poco más, en medio yacían aventuras
increíbles, como cuando por un golpe de suerte se pudo evitar que el río
Pilcomayo se llevase el frágil cuerpo de Domínguez.
El tiempo transcurría como raro espejismo, también para Alfredo parecía
tornarse extraño, más aún cuando un buen día se comunicó con desazón a todos
de la itinerante comunidad que el clown oficial del circo había caído
enfermo con malaria. El dueño de la carpa común de inmediato puso sus ojos
centelleantes en Alfredo, ya lo veía vestido de payaso, con enormes zapatos,
una corbata gigante, unos suspensores que permitían amortiguar los golpes de
la vida, una peluca para despistar la mala racha y por supuesto una enorme
nariz para discernir mejor los múltiples aromas de lo cotidiano, también,
claro, sin descuidar una buena mano de pintura en la cara para volcar
radicalmente las miradas tristes de su destino.
Tras hacerse realidad los deseos del mandamás del circo. Domínguez salió a
escenario, la gente se reía, mientras el novato no atinaba a hacer ninguna
travesura, el público imaginaba que toda esa parafernalia estaba en el
libreto y obviamente era parte del show, los otros payasos tan expertos en
el arte de caer al suelo parecía que no arrancaban risas del público, pero
Alfredo que jamás había caído en broma en la vida y siempre en serio, hacía
que la gente se riera sin saciedad.
Transcurrido algún tiempos, el cuidado del mono no era el único medio para
ganarse la vida, había otra que parecía retribuirle utilidades, los momentos
en los que había asistido a la escuela. En el circo nadie sabía leer ni
escribir, pero sí tenían familiares que les escribían cartas. Alfredo
cobraba por leer y, claro, por responder a esas cartas. Al final se había
convertido en un mediador del destino, un intérprete de la realidad ajena
que, sinembargo tenía que hacer maromas para interpretar la suya, pese a
todo, pese incluso a su propia devoción hacia la guitarra que ya empezaba a
figurar en sus planes.
De pronto, una vez más se cruzaron los destinos, el de Alfredo tan delicado
como humilde y el de la prodigiosa guitarra tan imponente como dominante.
Un buen día, mientras el futbolista del equipo celeste se dirigía a sus
entrenamientos habituales, se encontrón con su amigo Liver Forti, quien con
palabras casi de prestidigitación le espetó: "sé que te gusta el fútbol,
pero pueden haber miles de futbolistas. El único guitarrista puedes ser vos,
dedícate a tu guitarra".
En 1968 asistió al Festival Folklórico Latinoamericano en Salta. La emoción
le asalto cuando una voz impostada y firme anunció en el escenario que el
boliviano, Alfredo Domínguez había sido el ganador de la Medalla de Oro al
mejor solista latinoamericano. La suerte estaba echada en bandeja de plata
y, claro era momento de reconocer que Forti era un hombre de razonamientos
lógicos y de palabras sencillas pero contundentes.
Como una inevitable consecuencia, de inmediato —a la cabeza de Alfredo— se
formo el que después sería uno de los conjuntos más prósperos, los Jairas,
lo componían Gilbert Favbre, Ernesto Cavour y Eduardo Jofré. Era una época
de cambio en el ambiente de la música folklórica en Bolivia, yo diría que
se imponía un hito histórico que estaba cambiando abruptamente esa
mentalidad cerrada de la sociedad que no deseaba oír música nacional,
rechazando con displicencia todo lo proveniente de tierra adentro.
LA INMORTALIDAD DE SU TALENTO .-
El rasgueo incesante de las cuerdas se hacen cada vez menos vitales, aveces
se escucha una brisa quedita nacida en la panza de esa fiel compañera que
jamás se separó de las manos de Domínguez. De pronto nos damos cuenta,
mejor, sentimos que su copla se va callando y el silencio va cediendo. Un
aroma extraño nos anuncia que el "wichito" ya no responde por las ausencias
de Alfredo.
La diferencia entre esos dados cargados de la eterna sepultura y la jugada
magistral del nacimiento es tan veleidosa que no se halla el confín para
separarlos. La vida y la muerte son amantes tormentosos, así como se
repugnan se reconocen a la hora de la verdad, así como se ensombrecen se
aclaran sus caminos cuando existe la necesidad de transitar en ellos.
Alfredo Domínguez parece vibrar su destino junto a Juan minero, y lo hace
sabiendo que lo fue todo, lo dio todo y lo dejó todo.
Parece que los elegidos siempre se van más pronto que ninguna otra flor de
primavera, se van, siempre se están yendo; del terruño hacia otros lares y
de esos hacia una vida más ligera, menos pesada donde sus melodías ya no son
escuchadas, sino recordadas, como siempre sucede con los que nos quedamos,
aquí en este otro lado del mundo.
Alfredo Domínguez murió en Suiza el 28 de enero de 1980, su delicada voz se
apagó incesante, su copla rompió la roca, de esa piedra adormecida,
despertando a momentos a su estrella dormida.
Los vigilantes de su arte se pusieron en guardia, el silbo del "wichito"
canto su último adiós, desde entonces nunca más se le oyó, un sueño lo fue
envolviendo.
La roca ya quedó blanda, pero el vigor va cediendo, Juan ya vive horas
extras, un profundo sueño lo va envolviendo, Alfredo Domínguez se va
muriendo, Alfredo Domínguez ha muerto. |
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